
Primera de las tres fotos de Teruel, España, Diciembre de 1937 Robert Capa © International Center of Photography/Magnum Photos
Una de las lamentaciones más frecuentes tras el redescubrimiento de los negativos de la maleta mexicana fue que no se hubieran hallado en su interior los negativos de los reportajes de Robert Capa y Gerda Taro en 1936 el frente de Córdoba, para dilucidar así de una vez por todas en qué condiciones se elaboró la mítica imagen del miliciano caído. No sé si incorporar algún negativo adicional a las 40 imágenes rescatadas y hechas públicas por el ICP en la exposición This is war añadiría algo: con ese despliegue ya había más que suficiente (el miliciano caído incluso podría ser que cayese en dos ocasiones, una de ellas semioculto tras otro compañero; puede verse si se examina con detalle una fotografía incluida en la exposición pero no en el catálogo).
En cambio, los negativos de la maleta sí nos dan información suficiente para cuestionar la interpretación que se ha hecho, desde la fecha misma de su publicación, de otra fotografía de Capa: la de un soldado aparentemente fulminado por un disparo mientras tendía unas líneas de teléfono de campaña en un árbol seco, el diciembre de 1937 en Teruel.
Como explicábamos en El Periódico de Catalunya el pasado lunes 2 de enero, a pesar de que esta fotografía es una de las imágenes que no pueden faltar en ningún repaso del fotoperiodismo realizado durante la guerra civil (véase, por ejemplo, el reciente libro editado por Pacto Elvira en Lunwerg, La guerra civil española. Imágenes para la historia), no tiene el mismo peso icónico ni ha sido tan discutida hasta hoy ni, por tanto, su autor, Robert Capa, tuvo que dar explicaciones de qué era lo que mostraba en realidad su trabajo .
No nos consta que Capa afirmase o escribiese nunca que la fotografía muestra a un soldado muerto en combate. En los pies de foto de los reportajes enviados por el fotoperiodista desde Teruel que se conservan en el ICP no he encontrado ninguna mención a esta imagen. Es evidente también, una vez examinados los negativos (solo tres,pero explícitos) que no se trata de un montaje en el momento de la realización de la fotografía, sino simplemente de una interpretación errónea de la imagen. Bien por la interpretación literaria sobrevenida, bien por una selección maliciosa de la imagen extraída de su contexto.

Segunda de las tres fotos de Teruel, España, Diciembre de 1937 Robert Capa © International Center of Photography/Magnum Photos
La interpretación de la fotografía como la de un soldado muerto resulta comprensible si se la contempla aislada y no integrada en una secuencia. En el primer caso, cualquiera puede ver en la cara del soldado el rictus de una muerte violenta. Cualquier redactor con esa fotografía sobre la mesa no dudaría en hacerlo. Pero es imposible volver a ver la fotografía, tras examinar la secuencia, sin comprender que se trata de una persona captada en pleno movimiento.
La fotografía fue publicada el 13 de enero de 1938 en la revista francesa Regards. El pie de foto rezaba así: “En su puesto de observador, un soldado republicano que ha muerto ha fijado sus ojos abiertos en el cielo de la victoria». «Soldado lealista muerto en un árbol. Estaba tendiendo los hilos de un teléfono de campaña cuando un francotirador rebelde le disparó. Nótese el gesto congelado y la mano agarrada a una rama», rezaba el texto de la edición del 24 de enero de la revista Life. Durante décadas, textos similares han ido acompañando a la fotografía.
Sin embargo, los tres negativos recuperados en la maleta (página 283 del segundo volumen del catálogo The mexican suitcase , ICP / Steidl) muestran cómo mientras el fotógrafo se aproximaba al lugar de los hechos, en lo alto del árbol un soldado tendía los hilos y maniobraba entre las ramas del árbol. En la primera fotografía tiene el pie izquierdo en alto y el derecho colgando. En la segunda, el abrigo oculta ambos pies (debe de tener ambos en alto) y al igual que en la primera, la cabeza también está agachada. Un compañero lo observa tranquilamente, dando vueltas al árbol, con una bobina de cable en el suelo. En la tercera, el soldado encaramado en lo alto del árbol ha cambiado de posición; ahora tiene el pie derecho en alto, apalancado en una rama, y el izquierdo colgando. Con la mano derecha tira de un hilo suelto que no está atado al árbol; se sostiene tenso en el aire por el gesto del soldado, que gira su cabeza hacia atrás. Su expresión parece ahora un gesto de esfuerzo, o incluso incluso la petición a su colega de que le alargue una herramienta.

Tercera de las tres fotos de Teruel, España, Diciembre de 1937 Robert Capa © International Center of Photography/Magnum Photos
Forzando la situación, ¿podría haber llegado la bala mortal tras las dos primeras fotografías? Dudoso: el reportaje completo (eso sí, se trata de varias tiras cortadas y ensobradas, no de un rollo completo) muestra soldados descansando en las lomas de las afueras de Teruel, a descubierto, distendidos. Incluso en un caso se le ve oteando, muy de lejos, el humo que sale de los últimos reductos donde aún se combatía en el centro de la ciudad.
Robert Capa ya es en diciembre de 1937 un veterano que no necesita para enviar buenas fotos a París de los truquillos que utilizó en su primer viaje de 1936. Su valor estaba más que demostrado. Esos mismos días se metió de cabeza en la lucha puerta a puerta en las ruinas del Gobierno Civil de Teruel. Pudo fotografíar cadáveres de soldados, sin problema… y en esos días de Teruel apenas lo hizo, y siempre con la discreción que mostró ante la figura del combatiente caído durante todo el conflicto, muy alejada de la truculencia de los reportajes sobre víctimas de bombardeos de su compañera Gerda Taro.. Recordemos por ejemplo esos muertos esparcidos en una esplanada de Teruel, bultos anónimos a los que no es necesario mirar cara a cara..
En este caso, la retórica escrita en una mesa de redacción a mucha distancia se adhiere a la fotografía y la transforma. ¿Salieron las copias del estudio de la Rue Froidevaux donde se procesaba el trabajo del fotoperiodista (recomiendo de nuevo el libro de Michel Lefebvre ‘Tras los pasos de Capa’, disponible ya este mes en castellano, editado por Lunwerg) con un pie de foto ya explícito o fue una interpretación libre de los redactores? No lo sabemos (aún). Pero la conservadora del ICP Cynthia Young recuerda al respecto que Life tuvo un “notorio historial de pies de foto imaginativos”.
La historia tiene elementos suficientes para hacernos reflexionar a quienes escribimos sobre fotografía, o utilizamos imágenes históricas como ilustración a nuestros textos, tanto desde el periodismo como en el sector editorial. Ya en los años 30 y 40, la fotografía ganó autonomía y protagonismo en las revistas gráficas. De acompañar a un artículo, viniese o no a cuento, pasó a formar parte de reportajes en los que el trabajo de un redactor y un fotógrafo sobre el terreno se integraban en un solo trabajo y a convertirse en piezas autónomas, acompañadas de poco más que un pie de foto interpretativo.
Robert Capa fue precisamente uno de los fotógrafos más recelosos de los efectos que podía producir, en la lectura de una imagen, la distancia física y mental entre una mesa de redacción y el escenario de guerra en el que se movía el fotógrafo: de aquí sus detalladas captions y los reportajes de su propia mano que acomparon algunos reportajes especialmente significativos.
Esa distancia física, mental y ahora también temporal se multiplica cuando las fotografías de hace 75 años vuelven a nuestros ojos en libros ilustrados sobre la historia de la fotografía, o sobre la historia de la guerra civil. Y la posibilidad de desbarrar se multiplica por mucho cuando, a falta de información detallada, dejamos que se desborde la retórica épica o sentimental.
La fotografía de Teruel de la que hablamos hoy ha sido objetivo, precisamente, de numerosas extrapolaciones retóricas. Contengámonos (yo también he pecado, lo reconozco), al menos si no tenemos muy claro qué terreno pisamos.
Aquesta exposició i el seu catàleg han estat possibles gràcies al suport del National Endowment for the Arts, Joseph and Joan Cullman Foundation for the Arts, Frank i Mary Ann Arisman i Christian Keesee. A més, li han donat el seu suport Sandy i Ellen Luger.
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